
Freddy Beras Goico
A pesar de que un funeral está destinado por lógica a ser una actividad meramente triste es irónicamente normal que contenga siempre un momento de risa. Ayer, por cuestiones de fanatismo y simple curiosidad, pasé por el funeral de nuestro muy venerado Luis “El Terror” Diaz. Allí se encontraban un buen numero de personalidades del arte normal y de los de la “zona”(de esta distinción hablaré otro día). Un señor me detuvo para preguntarme quien había muerto, si acaso se trataba de Luis Diaz el cantante y que si yo era familia mía. Por supuesto mis respectivas respuestas a esas preguntas fueron sí y no. En eso nos venía pasando por el lado el señor Freddy Beras Goico. Un tipo venía gritando “Don Freddy! Don Freddy!”. El señor Beras se detuvo junto a su acompañante Lechuga para atender al individuo que le gritaba. El tipo comenzó a comentar indignadamente la forma en que un reportero le había hecho una entrevista a Freddy sin los más mínimos cánones de delicadeza. Yo como buen experto en comeboquismo me fui acercando a la conversación como si me hubiesen llamado.
- Eso no es nada – decía Don Freddy – Bárbara fue una muchacha que me entrevistó en el sepelio del Profesor Bosch. Ella se me acercó para pedirme una entrevista con una cámara de VHS y un micrófono viejísimo. Yo acepté. Entonces comienza “Buena Tardessss. Amigo de noticiero Nosequé, nos encontramo aquí, con Freddy Bera Goico el director del entierro de Juan Bosch”.
La carcajada no se hizo esperar, a pesar de que aquel no era un gran chiste, por así decirlo, tanto mi risa como la de Lechuga y la del otro tipo fueron escuchadas hasta por los difuntos.
- Señores, respeten que estamos en un velorio – prosiguió Freddy con toda seriedad – Y lo mejor fue que la muchacha me hizo dos preguntas: Qué como yo me sentía y que como yo me sentía con lo que la gente sentía. Yo solo le dije: Estamos triste.
Quisimos seguir riendo pero había que respetar el momento y la paz que se merece el Terror y todo difunto.


Nunca había visto a una mujer caminando tan feo. Parecía como si estuviera a punto de caerse. Aquellos zapatos de tacones altos la estaban matando. Daba la impresión de que nunca había usado un calzado parecido. La vi y pensé: “A ésta la trajeron ayer de Jánico o de alguna loma cercana a la frontera”. Pero era bella. Tan hermosa que con todo y su caminar de yegua coja me gustaba. Le pasé por el lado bien de cerca y me di cuenta que no usaba ningún perfume y de que no llevaba mucho maquillaje. Su pelo recogido daba a entender que no había visitado el salón de belleza en los últimos cinco días. Sus aretes eran baratos y no llevaba ninguna prenda extra. Tenía un olor a cibaeña silvestre, criada a puros plátanos con aceite y leche espumosa. No le dirigí la palabra ese día. Ni tampoco al día siguiente. La veo a diario y cada vez me gusta más. Cada día llega más bella y se equivoca menos al caminar. No me he atrevido a preguntarle su nombre. Simplemente estoy esperando a que madure.
Después de una hora mirando títulos en aquella librería me quedé parado frente a un estante hojeando “La Biblia Envenenada”. Me parecieron raros tanto el nombre del libro como los títulos de los capítulos. Yo miraba aquella publicación como un objeto extraño.
Viajar en el tiempo es una práctica bastante divertida. La última vez que lo hice fue ayer. Visité mi propio funeral. Al ver mi ataúd, me di cuenta que sobre él estaba pegada una nota que contenía escrito este cuento. Los presentes decían que yo había pedido que lo colocaran allí como mi último deseo. Al leerlo no dudé en volver al pasado para hacerle unas cuantas correcciones de estilo. Mañana viajaré de nuevo para ver si quedo conforme con los cambios. Lo mejor de esto es que he podido modificar este cuento muchas veces y nadie se da cuenta.