Nairobi
La vi en el estante correspondiente. Tenía el mismo color del equipo que odio, de las camisas que más uso y de los ojos de las mujeres a las que nunca intentaré conquistar: azul. Se veía brillante entre sus iguales, su cubierta era de piel sintética pero su elegancia era tan afable a mis ojos como su precio a mi bolsillo. No lo pensé cinco veces como casi todas las cosas que hago, simplemente la compré.
Aquella agenda no era un instrumento vital para mí. De por sí no las uso, he escrito más cosas en mi blog que en cualquiera de ellas pero ese día sentí la ligera necesidad de tener una y aquella combinaba con mi traje.
Pagué y salí de aquella tienda por departamentos. Al llegar a mi carro le tomé prestado un minuto a mi ajetreado día para ponerle mi ordinario nombre en la primera página al recién comprado objeto. Sorpresa! Ya tenía dueño y no soy yo. Por lo visto una tal “Nairobi” se me adelantó y le puso su nombre con un marcador dorado. Solo decía su nombre, sin apellido, sin dirección, sin teléfono y sin correo electrónico en donde enviarle un mensaje para recordarle que las cosas primero se pagan y luego se les pone el nombre.
Nairobi… Me imagino que debe ser delgada y de tez oscura, con el pelo bien rizado, ojos negros como cualquiera, una nariz un poco ancha, labios carnosos, una “andana”, un poco de acné, cuello largo, hombros rectos, un queloide inmenso en su brazo izquierdo como recuerdo de su vacuna contra el tétanos, senos puntiagudos, ombligo de tetera, cintura de avispa, canillas de búcaro y con varias cicatrices de la infancia.
No podía gastar los pocos minutos que día me presta solamente pensando en la apariencia de la curiosa anónima con nombre, debía también revisar si la muy veloz ya había marcado algunas de sus actividades en la agenda.
Al pasar varias hojas encontré un párrafo escrito con el mismo marcador cursi con el que escribió su nombre. Decía:
“Tenía mucho tiempo sin escribir. No había vuelto a escribir desde que se murió Omar. Su muerte fue algo que ayudó mucho a mi vida”.
Quedé con ganas de leer más, pero por lo visto, Nariobi no pudo seguir escribiendo y dejó esta agenda en la tienda. Ahora está en mis manos. Y a aunque no conozca a la autora de estas líneas, algún día escribiré algún relato femenino en primera persona que llevará su nombre y la muerte de algún “Omar” como trasfondo.



