Fruta Verde

Nunca había visto a una mujer caminando tan feo. Parecía como si estuviera a punto de caerse. Aquellos zapatos de tacones altos la estaban matando. Daba la impresión de que nunca había usado un calzado parecido. La vi y pensé: “A ésta la trajeron ayer de Jánico o de alguna loma cercana a la frontera”. Pero era bella. Tan hermosa que con todo y su caminar de yegua coja me gustaba. Le pasé por el lado bien de cerca y me di cuenta que no usaba ningún perfume y de que no llevaba mucho maquillaje. Su pelo recogido daba a entender que no había visitado el salón de belleza en los últimos cinco días. Sus aretes eran baratos y no llevaba ninguna prenda extra. Tenía un olor a cibaeña silvestre, criada a puros plátanos con aceite y leche espumosa. No le dirigí la palabra ese día. Ni tampoco al día siguiente. La veo a diario y cada vez me gusta más. Cada día llega más bella y se equivoca menos al caminar. No me he atrevido a preguntarle su nombre. Simplemente estoy esperando a que madure.

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אורן יומטוב