Matemáticas

Durante el tiempo en que estudié en la universidad INTEC tuve ciertos asombros con las matemáticas. Aquella asignatura nunca me resultó difícil durante mis tiempos de escuela (a excepción de cuando un profesor nos dio algebra, trigonometría y geometría analítica en primero de bachillerato, pero esa es otra historia), sin embargo en INTEC, la matemática se convirtió en una ciencia terrorífica debido a las leyes urbanas que adornaban la personalidad de cada uno de los profesores.

 Abundaban los cuentos sobre un tal Nelson Suarez que solía burlarse de los estudiantes y de hacer unos exámenes dignos de pruebas de habilidad para científicos de la NASA. Suarez también tenía la mala costumbre de ponerse detrás de las muchachas en medio de un examen y preguntarles: “Y qué disparate es el que usted está haciendo?”. Dicha pregunta provocaba que la joven borrara su trabajo inmediatamente y comenzara a hacerlo de nuevo de otra forma. Siempre que Suarez hacía esto se lo hacía a una joven que en realidad estaba haciendo bien el ejercicio. El lema de Suarez era: “La A es de Dios, La B es mía y la C es de mis mejores estudiantes”.

También eran conocidos los cuentos acerca de un profesor que tenía el peculiar método de corrección de exámenes que consistía en poner todos los pruebines en la cama de su camioneta y salir a dar un paseo por el malecón de la ciudad para luego corregir solo los exámenes sobrevivientes al viento. Por otro lado también estaba la historia de aquel profesor que solía invitar a sus estudiantes a tomar unos refrescos en una cafetería cercana a la universidad (por cierto, ahí venden unos turcos buenísimos, pero esa también es otra historia) y le brindaba una Coca Cola a los que habían aprobado y un refresco rojo a los que reprobaban. Siempre aparecía alguna rubia que en su ignorancia decía: “Yo quiero el mío rojo!” más el misericordioso profesor le reiteraba “le conviene Coca Cola señorita…”.

Otras historias famosas eran las de un profesor cuyo nombre nunca logré aprenderme pero al que por su peculiar parsimonia y su cara de perro todos le apodaban “Droopy”.  Este canino  impartía MATEMATICA I y casi la mayoría tenía que repetir la materia. Droopy también era experto en el arte de burlarse de sus alumnos menos aventajados. Cierto día dijo: “Vamos a resolver esta última ecuación antes de irnos, a ver… quién viene a la pizarra?” Un amigo mío se ofreció como voluntario para solucionar aquella ecuación de primer grado y Droopy al ver su mano levantada exclamó: “Usted no! Alguien que sepa, por favor!”

Pero no todos eran tan abusadores, existían también los muy permisivos como el caso de un señor mayor llamado Corides el cual no era cruel en sus evaluaciones y algunos estudiantes acostumbraban a regalarle un periódico el día del examen para que éste se distrajera con las noticias y los estudiantes tuviesen la oportunidad de hacer ciertas trampas. Con Corides también existía la forma de boicotear la clase, solo había que agregar un poco de política al asunto. Una vez mientras Corides habla sobre Newton de forma excitada, un estudiante tuvo la osadía de decir: “Profesor, es decir, que Newton en su época fue un tipo tan brillante como Peña Gomez”. Aquello indignó tanto a ese viejo peledeísta que se pasó toda la clase hablando mal de Peña Gomez y no pudo explicar la teoría de la gravedad.

A pesar de todas las historias terroríficas que me contaban acerca de los profesores de aquel recinto universitario, tuve la suerte de que mis dos primeras matemáticas me tocaran con el señor Corides. Ya la tercera me toco con Máximo Campusano, profesor que tenía la peculiaridad de dejar un ejercicio en la pizarra (los cuales los tomaba de un librito escrito en ruso, el cual también merece otra historia) y se fumaba varios cigarrillos fuera del aula mientras los estudiantes intentaban resolver el problema. Luego de cuarenta bocanadas volvía a la pizarra y decía: “Jóvenes, esto es sencillo” y al final solía decir frases como: “Usted se aprende esta formulita y Jesucristo y los dioses del Olimpo le rendirán culto a usted” o “Haga los ejercicios y luego rece, pero no a la inversa por favor!”

Mi verdadera frustración me llegó al tomar MATEMATICA IV como un profesor llamado Mayobanex, el cual tenía la costumbre de llegar tarde a la clase (a veces una hora más tarde de lo pautado) y a pesar de que las reglas de INTEC decían que si un profesor llegaba veinte minutos luego de la hora de clase los estudiantes tenía la obligación de abandonar el salón, cosa que con este profesor nadie se atrevía a hacer debido al miedo que los estudiantes le tenían. También se rumoraba que el tipo eran medio fresco con las mujeres y bastante odioso con los hombres. Con Mayobanex saqué mi primera nota horrible de la universidad, fue un 10 de 30. Como las notas eran acumulativas y estaban divididas en tres exámenes de treinta puntos y diez puntos de monitoría (por cierto esos diez puntos de monitoría una vez nos lo ganamos debido a que la monitora nos contó que a su papá los habían “cartereado” camino al banco y terminamos regalándole cien pesos cada uno, pero ese es otro cuento), yo ya había perdido veinte puntos y solo me quedaban diez para poder aprobar con 70. Me esforcé bastante para el segundo examen, en esa ocasión logré el doble del anterior: saqué un 20 de 30. Había perdido todos los puntos, sin embargo el día de la entrega de los resultados del segundo examen, Mayobanex nos dijo: “Si hay alguien que ha perdido todos los puntos para aprobar podemos hablar al final y si en el tercer examen obtienen más de 25 podemos arreglarle la nota”. A mi lado se sentaba M (la nombraré así por respeto a la dignidad femenina, la cual es un tema complicado y digno de miles de historias). M llegó ese día con una falda tan diminuta como la mente de un regidor. Aquella muchacha tenía unas piernas tan bellas como las de la güirera de la orquesta de Miriam Cruz. Le pregunté a M qué cuantos puntos había perdido ella. “Cuarenta y cinco” – me contestó. “Y vas a hablar con él?” – le pregunté. Ella me contesto afirmativamente. Yo como buen cobarde y como todo estudiante con deseos de graduarse con honores retiré la materia. M se quedó a solas hablando con Mayobanex.

Al trimestre siguiente me encontré con M y me dijo que había aprobado. Yo no sabía si aplaudir su esfuerzo o dudar de su reputación. No volví a saber de M hasta que se despareció un día y colocaron carteles en la universidad por si alguien sabía de su paradero. Luego resultó que andaba con un novio (por esa también es otra historia).


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אורן יומטוב