El estado del paciente era terriblemente grave. Le teníamos puesta una camisa de fuerza con cadenas gruegas y candados. Le amordazamos la boca y lo encerramos en un cuarto con cristales blindados para poder analizarlo desde lejos. Le teníamos miedo. Temíamos que nos pudiese ocurrir lo mismo que a sus víctimas. Era un individuo demasiado peligroso como para tenerlo de cerca por varios segundos. Nunca lo llamamos por su nombre, simplemente nos limitabamos a nombrarlo como “HRP”.
HRP era demasiado resistente a las inyecciones y a los sedantes. Siempre estaba despierto y los shocks eléctricos no le hacían ni cosquillas.
Durante las primeras horas se veía calmado. Pero luego no pasó tanto tiempo para que rompiera su camisa y comenzara a golpear el cristal vociferando que nesecitaba lapiz y papel para crear una nómina. Se lo devolvimos al presidente pues no pudimos quitarle su corrupción patológoica.