La sirena

La sirena y yo nos veíamos cada viernes a la medianoche. Esperábamos que la playa de Boca Chica estuviese un poco desierta para no ser molestados. Siempre me traía varios peces, así yo llegaba a mi casa con mi supuesta pesca y mi esposa nunca sospechaba nada extraño. Nuestro lenguaje para comunicarnos estaba limitado a sonrisas, caricias, abrazos y besos. Ella no hablaba. Su perfume de sal y de salmón blanco quedaba siempre impregnado en mi piel. Nadábamos e intercambiábamos cariño bajo el agua. Ella era lo mejor que había pescado.

Una noche mientras nos divertíamos no muy lejos de la orilla, llegó la policía. Eran dos tipos montados en un “saltamontes”. Sacaron un foco enorme para alumbrarnos. La sirena se escapó de mis brazos y echó a nadar velozmente. Yo salí de la playa con tremenda cara de vergüenza. Uno de los policías me miró de arriba a abajo y me dijo:

- Yo creía que usted era de los que vienen a hacer “vagabunderías” aquí a la playa con su amante. Pero de haber sabido que era pescando un tiburón con las manos que usted estaba, lo hubiese dejado tranquilo. Usted por poco lo agarra. Perdónenos la molestia.

- Sí, pero creo que ya no tendré otra oportunidad así.

Yo tomé mis ropas y me fui tranquilo a casa. Por lo visto aquellos dos idiotas fueron a contar lo del supuesto tiburón al destacamento. Ahora tengo a muchos periodistas entrevistándome pues ninguno quiere creer la versión de los policías, pero tampoco me creen cuando les cuento lo de la sirena. Qué problema!


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אורן יומטוב