Ariel, de Josè Enrique Rodò

Ariel, de Josè Enrique Rodò

A la hora de hablar de herencia, todos pensamos de inmediato en los bienes que una persona deja a disposición de sus familiares cercanos y varios buitres luego de morir. Pero también existen otros tipo de herencia como la de la genética, la cual nos deja como regalo unos rasgos físicos que recibimos mediante un sorteo realizado en menos de una micra de segundo al momento de la fecundación. La tercera forma y la más cruel es la herencia de los nombres, de la cual quiero hablarles hoy.

Como diría un salmo, el lote de mi heredad, lo que me ha tocado en suerte, ha sido llamarme “Rigoberto Ariel Santana Rosario”. Esto es una cosa que nadie elige. Al bebe no le preguntan como le gustaría llamarse. Claro! El pobre no puede hablar el idioma de los padres en ese momento y si a todo el mundo lo cuestionaran al respecto a esa edad los nombre comunes sería: “Bubú”, “Tata”, “Pa”, “Uaauuuaa” y “ñaaaaaá”.  Ariel fue el nombre que eligieron para mí desde antes de nacer gracias a una novela del escritor José Enrique Rodó, obra la cual yo irresponsablemente a mis 26 años no me he molestado en leer. Rigoberto es el nombre de mi querido padre, el cual tampoco tuvo la culpa de llamarse así, su padre se llama Roberto y le puso ese nombre “para variar”.

Rigoberto es un nombre que no solo resulta incomodo fonéticamente sino que también es un poco pesado para un niño, por lo tanto crecí con el nombre de Ariel. Les puedo decir que yo me enteré que me llamaba Rigoberto en mi primer día de clases, hasta ese momento nadie me lo había dicho.

Ustedes de seguro podrían imaginarse muchas cosas que le pueden suceder a una persona con un nombre “tan bello”, pero hoy les voy a contar solo una. Esta me sucedió con mi primera novia, dígase a los 14 años cuando apenas recién nos estábamos conociendo:

Mi futura “Reina Coronada” y yo caminábamos charlando por una calle de mi adorado barrio. De momento pasamos por el frente de una casa y me dice:

- Ahí vive un muchacho que estudiaba conmigo en la escuela.

- Ah sí Junior – contesté – Yo también lo conozco.

- Me recuerdo de él por el horrible nombre que tiene el pobre: “Junior Rigoberto”.

- Yo también me llamo Rigoberto.

Ella puso cara de “Trágame tierra!” y trató de resucitar la bella charla diciendo:

- Bueno… Rigoberto no es tan feo. Peor es el nombre una amiga mía. Se llama “Isidora”.

- Mi Papá también se llama Isidoro – respondí yo.

Tuvimos que cambiar de tema.

No culpo a mi padre de haberme dado dicho nombre pues al fin y cabo lo admiro muchísimo y llevar su nombre es algo bueno para mí. Además la carga que el lleva es más pesada que la mía: Isidoro! Mierkina! Nunca le pongan a sus hijos un nombre del Santoral si no les gusta!

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אורן יומטוב