“Se me acaba el mundo! “, fueron las únicas palabras que pudo mencionar doña Gregoria antes de romper en llantos imparables sobre los hombros hediondos a ron, cigarrillo y sudor de su muy estimado compadre Bonifacio. Su esposo Facundo yacía moribundo en aquella cama desvencijada con una sábana azul celeste con algunas machas de cloro que parecían pequeñas nubes sobre un lienzo despejado. Sobre la cama de Facundo colgaba un cuadro en el que un señor barbudo con melena blanca y los brazos abiertos representaba a Dios. El cuadro también presentaba escenas sobre las respectivas vidas y muertes de justos y malvados. Bonifacio miraba el cuadro fijamente mientras su comadre lloraba sobre su hombro derecho dejándolo empapado de lágrimas y secreción nasal.

La habitación estaba llena de gente. Cinco de los doce hijos de Facundo se mantenían dentro del cuarto, algunas de las hembras estaban en la cócina y los hermanos mayores terminaban de hacer los últimos arreglos antes de que el viejo “guindara los tennis”. Los gritos de Gregoria continuaban y Bonifacio la tomó de los brazos intentado consolarla y a la vez quitársela de encima.

- Comadreee! – dijo Bonifacio mientras torcía su labio inferior hacia el lado izquierdo – Mi compadre era un hombre bueno. Mi compadre era un hombre serio, un alma de Dios, que supo criar a todos estos muchachos para que no fueran delincuentes, carajo! Comadreeeee! Yo soy su compadre! Y su marido también es mi compadre, porque usted es mi comadre! Cuál es mi ahijado comadre?

Doña Gregoria señaló al pequeño Andrés el cual estaba aún con su uniforme de la escuela sentado al lado del lecho de su padre con un libro de lectura básica sobre sus piernas. Bonifacio se sentó al lado de su ahijado, le pasó la mano por la cabeza y dijo:

- Vamos a rezar! Porque mi compadreeee era un hombre de iglesia, sino pregúntenselo a Dios que está ahí en ese cuadro.

Bonifacio le quitó el libro a niño y lo abrió en una página al azar y comenzó a leer con voz estropajosa:

- Yo tengo un lápiz. El lápiz es mío. Qué lindo es mi lápiz. Dame el lápiz! El lápiz es mío. Dame el lápiz! El lápiz es mío. Dame el lápiz1

Parecía como si la mente de Bonifacio se hubiese quedado concentrada en una sola línea del libro y seguía repitiendo:

- Dame el lápiz! El lápiz es mío. Dame el lápiz!

Facundo seguía agonizando e intentaba gritar pero respirando profundamente y ahogándose de forma lenta. Bonifacio por su lado seguía con aquella letanía extraña que no hacía referencia a ningún santo ni deidad celestial ni mucho menos exclamaba ningún “Kyrie elesion” ni “Ora pro nobis”, solo decía:

- Dame el lápiz! El lápiz es mío. Dame el lápiz!

Facundo levantó su brazo derecho y comenzó a temblar aceleradamente con los ojos mirando hacia el techo de zinc. Gritó con voz profunda y todas las fuerzas que le quedaban:

- Por favor devuélvanle el lápiz y déjenme morir tranquilo!!!!!!

Sé que casi todos conocen esta historia. Esta hubiese sido mi versión de haber estado vivo 30 años atrás. Pero creo que la mejor versión es la que todos hemos escuchado en la voz de Rafa y la música de sus formidables hermanos. Felicidades a “Los Dueños de Swing” por sus 30 años haciendo el mejor merengue.


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אורן יומטוב